Susana Ramírez | Amor Corresrompido
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Amor Corresrompido

Pausas tu vida y de golpe vas cerciorando los pasos de los que todos te advertían que llegaban después del desamor y que tú siempre oías, pero nunca escuchaste.

Dolor.

Al principio solo puedes sentir dolor.
Se te instala en el estómago y cada vez que crees que ha mitigado, vuelve a estrujártelo para recordarte que sigue ahí contigo, y que seguirá estando. Hasta que dejes de comer. Hasta que no puedas llorar más. Hasta que pases a sobrevivir en vez de vivir. Hasta que mate una a una todas las mariposas que tenías viviendo allí.

Después lo aceptas.

Ya no está. Todo lo que alguna vez soñaste, planeaste, fantaseaste, quedará en eso: en sueños, planes y fantasías que no se cumplirán en un lugar tangible. Tan sólo existirán en tu mente y aunque el dolor haya marchado seguirá el dolor de cabeza de las vueltas dadas durante el día. De no querer creértelo, porque piensas que si lo haces, realmente se cumplirá. Y ya no habrá vuelta atrás.

Entonces te decepcionas.

Te decepcionas de ti mismo. De haber creído en una historia que tenía escrito el final y has llegado a darte cuenta cuando ya estabas en los créditos.
Te decepcionas de esa persona, porque no ha sentido ni pensado lo que tú deseabas o lo que tú creías que te demostraba. Te decepcionas de la relación. De haberte dejado llevar. De haberte dejado caer.
Del amor.

Y llega el odio.

Llega el rencor y las ganas de escupirle a la cara gritos de baja autoestima. Porque es lo que queda de ti en esos momentos; una autoestima de mierda.
Sientes que esa persona te ha engañado, o que simplemente no has sido lo suficientemente bueno, o peor aun: te has engañado a ti mismo pensando que realmente veías una entrega de amor por su parte, a sabiendas de que no. De que tampoco eras tan especial, ni te hacía muestras de ello.
Y sientes rabia. Rabia por todo lo que podrías haberte ahorrado si no lo hubieras conocido.

Pero a pesar de todo sale el sol.

Un día tu sonrisa luce como las de antaño y ni si quiera existe el motivo.
Ya no sientes dolor; pues lo exprimiste demasiado.
Ya no piensas en la aceptación; pues ya no es una decisión que vaya a influirte o a cambiar las cosas.
Ya no sientes decepción; pues te has recreado a ti mismo.
Ya no sientes odio; odiar sería darle demasiada importancia.

Y por eso vuelves a ser feliz. Simplemente, porque decides quitarle importancia.
Que fácil hubiera sido si lo hubieses hecho antes…


Recuerda
:
La importancia de las cosas es la que tú decides darle.

Susana Ramírez
susanaramirez.ap@gmail.com


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